miércoles, 30 de noviembre de 2011

Espejo

En 1887  Manuel Cabronero [1], cita únicamente 6 albergues repartidos por todo su término. El mismo autor, cita como entidad de población, un asentamiento de “chozas de huerta” en el paraje “Las Perdidas”, de ubicación hoy desconocida. Ya a principios del siglo XX, aparece la referencia topográfica de la “Casa de las Cabañas” junto al arroyo del mismo nombre; aunque no se registran chozas explícitamente, podríamos interpretar la presencia de algún tipo de arquitectura análoga con anterioridad. Actualmente, solo se ha podido inventariar una construcción, el “Chozo de las Pedrizas”, por otro lado muy interesante, al tratarse de un pequeño refugio de la misma técnica que ciertas construcciones prehistóricas. De forma casual, Santos Gener [2] en 1932 citaba en su entorno una construcción megalítica en forma de dólmen.

Panorámica del Chozo de las Pedrizas.




[1] CABRONERO Y ROMERO, M. (1891). Resumen por ayuntamientos de todos los edificios y albergues. Espejo (pag. 83).
[2] SANTOS GENER, S. de los (1932). Dolmen del Arroyo de las Sileras. Prehistoria cordobesa. Bol. de la R. Ac. De C., B. L. y N. A. de Córdoba. 37. Pags. 29-36.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Chozo de Las Pedrizas (Espejo)

Ref.: ESP-02
Coordenadas huso UTM: 30 S x.363993 y.4174037 
Término municipal y comarcas: Espejo, Campiña Baja (Depresión del Guadalquivir).
Pequeño chozo circular de falsa cúpula, que fue refugio de pastores. Se localiza en un cerro desde el que se domina una amplia panorámica de la Vega del Guadajoz, cerca de la “Casa del Duque de Medinaceli” y la vía pecuaria “Camino de Espejo a Bujalance”. Fue construido en la primera mitad del siglo XX por el pastor, ya fallecido, Francisco Pérez Prados, siendo  su estado de conservación actual  relativamente bueno.

Recreación de su estado original.

Su asentamiento aislado, se realiza a media ladera junto a un “acilate” sin cultivar. La planta exterior, aunque circular es ligeramente irregular, sin embargo, la interior es ovalada. Los paramentos son de piedra seca (arenisca), tomada con barro únicamente en la cúpula. Su perfil exterior es escalonado, al haberse construido a doble cara como refuerzo posterior, presentando un relleno de tierra entre ambas capas. La solera es de tierra apisonada y posee una losa gruesa a modo de rebate en el pasillo de la entrada. La cubierta es de falsa cúpula por aproximación de hiladas. En la cara S, existen dos peldaños trabados en el muro a modo de escalera. La entrada está sustentada exteriormente por el apoyo de varias losas en falsa bóveda, e interiormente por una que forma un dintel auténtico sin jambas.


Vista exterior del chozo.

Vista trasera.

Detalle del interior del mismo.

Interior de la falsa cúpula.

 

Planimetría: planta exterior: 4.00 (E-W) – 4.40 (N-S) m. diámetro; planta interior: 1.20 (E-W) – 1.80 (N-S) m. diámetro; ancho muro: 1.40 m.; alturas: exterior: 2.00 m.; alero: 1.20 m.; interior: 1.70 m.; entrada: 1.00 x 0.60 m.; orientación de la entrada: N.



Plano (planta y sección).

Observaciones: actualmente se utiliza como puesto de caza, habiéndole construido una pantalla de piedra delante de la puerta.

Colaboradores: Juán Cívico Crego y Pedro Moreno Aranda.

Fotos y dibujos del autor.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Choza de horcones (II)

             Como se comentaba en la anterior entrada, este tipo de chozas fueron muy frecuentes en el entorno de Palma del Río.  Algunas de ellas, podían mudarse de un lugar a otro, llevadas entre palos atravesados con la fuerza de un grupo de hombres, siempre que fueran de  moderadas dimensiones [1], como así relatan estos autores: El Chozo de la Chata lo trasladaron desde lo alto del cerro hasta abajo, a La Graja, para los chavales pequeños aquello era un acontecimiento y pululaban por alrededor durante el trayecto, afortunadamente llegó en perfecto estado, por lo que el dueño invitó a sus ayudantes a una copa de anís”.


Chozas en la Mesa de San Pedro, en 1960.
(nodo018.bankhacker.com)
           Igualmente, en La Sierra, en ciertos barrios del entorno de Cerro Muriano, los mineros se asentaban en barracas y chozas de esta tipología, al menos desde principios del siglo XX, y según los documentos estudiados por Fernando Penco [2] en su magnífico estudio.



Chozas de mineros en Cerro Muriano, hacia 1902.
Coleción Pearce, cortesía del Museo del Cobre (Cerro Muriano).

En cuanto a su proceso de construcción, este se basa en una armadura por el apoyo de múltiples maderas. Así se iniciaba el trabajo cortando unos “horcones” o “pies de tijeras”; se colocaban un mínimo de dos en vertical, uno a cada extremo, aunque podían ser mas si la choza era muy grande. Debían de ser rectos y firmes, pues soportarían gran parte del peso. En las horquillas superiores se atravesaba el “cumbrero”; este conformaría el vértice superior de la construcción y sobre él se apoyaban los “abarcones”, “segueras”, “patas” o “tijeras”, que todos estos nombres tenían las vigas en pares enfrentados que debían de  clavarse un poco en el suelo para darle estabilidad. Se separaban 1.20 m. aproximádamente unas de otras. Las “latas”, palos finos de taraje, eran las que trababan entre sí y horizontalmente la estructura de las “segueras”; se ataban con alambre, cuerda de cáñamo o se fijaban con clavos en distintas hileras paralelas, desde el suelo a la cumbre. Todo este armazón de maderas se denomina “casco” y podría variar si la choza se planteaba como híbridas de pies derechos, tanto en su modalidad sin enfoscar, como de encestado. En estos casos, toda esta estructura se montaba sobre unos pies derechos de 1.50 a 2.00 m. que conformaban todo un zócalo corrido que posteriormente se forraba. La forma de la planta podía ser totalmente rectangular, alargada con un ábside curvo, y/o completamente ovalada. La puerta, de madera se abría generalmente en un lateral, siendo su único vano, y sobre ella se hacía una visera con el vuelo de la cubierta. En ciertos casos se reforzaba las jambas con barro y cal.

Encontramos vinculaciones y similitudes de esta tipología, con otras del ámbito andaluz e ibérico. Así, la “choza o rancho marismeño” y la barraca de pescadores” del Litoral Occidental y la Baja Andalucía de la Vega del Guadalquivir, así como las “barracas deltaicas y levantinas” desde Murcia a Tarragona, tienen muchas afinidades estéticas, técnicas y constructivas.



[1] PAREJA, Gloria y LEIVA, Antonio (2004). Los Pagos de Huerta de Palma del Río. En recuerdo de su gente. Ed. Los autores. Palma del Río. Pags. 81 – 86.
[2] PENCO VALENZUELA, F. (2010). Cerro Muriano, sitio histórico. Historia de la minería en Córdoba. Ed. Almuzara. 243 pp.




miércoles, 23 de noviembre de 2011

Choza de horcones (I).

Tanto a nivel ibérico como andaluz, las chozas se pueden clasificar en tres grandes grupos, atendiendo al origen de los materiales que intervienen en su elaboración: minerales, mixtas y vegetales. Una siguiente subdivisión diferenciaría aspectos relacionados con la técnica utilizada, la forma de la planta y el sistema de cubierta.

La que ahora tratamos, se definiría como “Choza de horcones”, por estar sustentada por dos pies derechos de madera en forma de horca. Es un tipo de choza con planta alargada, ábsides circulares y cubierta vegetal a dos aguas hasta el suelo. Era un tipo muy utilizado como pionero asentamiento en una parcela de terreno, o como circunstancia provisional ante una demanda laboral en torno a un núcleo urbano, también para resguardo y vigilancia de cultivos y huertos, albergue de pastores, cuadra, etc.



Dibujo de una "Choza de horcones".

En la provincia de Córdoba, se daba principalmente en las comarcas de La Vega y Las Colonias (Depresión del Guadalquivir), especialmente en Palma del Río. Igualmente, los pastores de ciertas zonas de Los Pedroches (Sierra Morena), realizaban una tipología muy similar, llamada “Choza de hincones”.  También se daba en ciertos poblados de mineros en Cerro Muriano.

Hace ya casi cuatro años, me propuse realizar una en Guadalcázar, experimentando así ciertas técnicas que me transmitieron algunos informadores y otras que experimenté más o menos afortunadamente. Los materiales utilizados, fueron los del propio entorno más inmediato, esto es: las maderas y ramas derribadas por un temporal de un centenario acebuche, paja de avena loca, una gran gramínea silvestre; y para el suelo, cantos rodados de los depósitos aluviales del Guadalquivir.

video
            Música original: John McLaughlin Trio, tema: Reincarnation.

domingo, 20 de noviembre de 2011

La Piedra

Con esta materia, se han venido elaborando de forma ancestral, multitud de construcciones de todo tipo, bien en seco, tomada con barro o con mortero de cal. Tanto si se recoge directamente, como si se obtiene de canteras y se labra, la piedra constituye el material primario básico. Es la materia prima empleada para realizar los paramentos, soleras y algunas cubiertas de muchos de los chozos de Sierra Morena y Sistema Bético. Dependiendo del material geológico y de los afloramientos disponibles, se han empleado rocas ígneas (granitos, dioritas y gabros) de extremada dureza, teniendo en Los Pedroches un claro ejemplo de sabiduría en la labra de este complicado material. Igualmente aparecen otras rocas sedimentarias y metamórficas (calizas, areniscas, calcarenitas, pizarras y cuarcitas). Para su empleo, en muy escasas ocasiones se realizaba un recuadre previo de la roca. Únicamente aparecen piezas de cantería en algunas chozas de Los Pedroches y Alto Guadiato, principalmente para dinteles y jambas de puertas, ventanas y hornacinas, así como “agujas” para refuerzo de equinas en construcciones de planta rectangular.

Piedra seca (Espiel).

Piedra tomada con barro (Hinojosa del Duque).

Piedra tomada con mortero de cal (Zuheros).
Los muros se construían casi sin cimentación, iniciándose con una leve zanja y la nivelación del terreno. Bien, si la planta fuera circular, ovalada o rectangular, se iban levantando hiladas más o menos regulares, careadas y aplomadas. La buena factura y solidez de la obra, dependía de la habilidad del constructor, que en la mayoría de los casos era el propio morador de la choza. Si embargo, se han documentado en algunos municipios (Hinojosa del Duque y Belalcázar), una especialización de este oficio. Algunos propietarios de fincas ganaderas  encargaban a estos albañiles la construcción de “chozas de cúpula”, llamadas localmente “de casal”, donde se alojaban porqueros y pastores, con sus familias. Muchas de ellas, son bellos ejemplos de una arquitectura auxiliar de indudable valor etnográfico.
En cuanto a las cubiertas, la técnica más antigua es la aproximación de hiladas, tanto para la falsa cúpula como la bóveda de cañón. Ambos sistemas basados en un cerramiento por la superposición de hiladas de "lajas" hacia el interior del habitáculo. Su origen no es conocido con exactitud, pero parece clara la transmisión desde las formas más ancestrales y arcaicas, vinculándose a los prehistóricos “tholoi” de las culturas megalíticas.


 
Bóveda de cañón (Alcaracejos).

 
Falsa cúpula (Espejo).



viernes, 18 de noviembre de 2011

Choza de Mina María (Fuente Obejuna)

Ref.: FOB-36
Coordenadas huso UTM: 30 S x.285258 y.4225796
Término municipal y comarcas: Fuente Obejuna, Alto Guadiato (Sierra Morena).
Choza circular de cúpula semiesférica, que pudo ser  albergue de pastores. Se encuentra cerca de la antigua “Mina María” en la aldea de Piconcillo, junto al “Camino de los Mártires”. Su datación es desconocida, pero al menos se remontaría a la primera mitad del siglo XX. Su conservación es buena, aunque se encuentra algo deteriorada con grietas.


Recreación de su estado original.
Se asienta de forma aislada en la cima de una loma. Los paramentos, de piedra tosca (gabro, cuarcita, etc.) están tomados con mortero de cal, lo que la hace bastante sólida. Presentaba un enfoscado a la cal, tanto interior como exterior. La cubierta está conformada por una cúpula semiesférica, levemente rebajada y realizada con ladrillo macizo. El dintel de la entrada está realizado mediante un arco rebajado de cuatro hiladas, igualmente de ladrillo. En el interior aparece un hueco tallado en el muro y salida al exterior a modo de chimenea.

Vista exterior de la choza.

Otra vista exterior.

Planimetría: planta exterior: 5.10 m. diámetro; planta interior: 3.60 m. diámetro; ancho muro: 0.75 m.; altura máxima interior: 3.10 m.; entrada: 1.80 x 0.70 m.; otros elementos (hueco chimenea): 0.40 m.; orientación de la entrada: S.


Plano (planta y sección).

Observaciones: el informador (J.M. Pérez Esquivel) comenta que fue utilizado como polvorín durante el periodo explotación de la próxima Mina María.

Colaboradores: José María Pérez Esquivel y Vicente Rodríguez Estévez.

Fotos y dibujos del autor.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Fuente Obejuna.

En este municipio, el registro mas antiguo sobre chozas, lo encontramos en La Antigüedad, hacia el siglo I a. C. En el poblado minero de “La Loba” se excavan [1] cuatro o cinco casas tipo chozas, en las que se hacinaban los esclavos que trabajaban en la extracción de plomo argentífero. Eran habitaciones pequeñas, levantadas sobre el granito y con suelo de tierra. Como cimentación tenían una pared de piedra, de pocos centímetros de altura, cogida con barro. Las cubiertas debían estar fabricadas de ramajes y serían muy parecidas a las chozas actuales.

Su extenso término, conformado por la propia villa y sus 15 aldeas, disponía a finales del siglo XIX, según Manuel Cabronero[2] de un total de 355 construcciones tipo albergues o chozas, bien diseminadas o en núcleos de población. Algunas de ellas, podrían corresponder con las abundantes referencias cartográficas y de toponimia encontradas. No obstante, podríamos tener una aproximación cuantitativa de su número por entidad de población, aunque este autor, no diferencie entre casas de teja o chozas al hacer el desglose de sus aldeas: Alcornocal (92), Argallón (126), Cañada del Gamo (78) Cuenca  (145), La Cardenchosa (104), La Coronada (186), Los Morenos (40), Los Pánchez (56), Navalcuervo (38), Obatón (9), Ojuelos Altos (124) Ojuelos Bajos (105), Posadilla (219) y Piconcillo (103). En esta última, Pascual Madoz[3], refiere la existencia de chozas en 1852, y ya hacia mediados del siglo XX, diversos informadores aportan referencias sobre este tipo de refugios asociados al pastoreo y la minería: “La Cumbre, La Coma  y Mina María”.


Pequeño chozo de juncos en la aldea de Cuenca.

Por casi todo su territorio, abundan los topónimos alusivos a esta forma de vivienda o refugio: “Choza Alta, Chozo Regado, Chozo Redondo, Choza de Ganaderos, Llano de las Chozas del Castillo, Casas de las Chozas, Dehesa de Chozas, Mina Las Chozas, Casa del Chozuelo, Perdigones y Chozones, Casilla de Choza Aranda, etc…”.

Igualmente, existe una vinculación ancestral de estas tierras con la cría del cerdo ibérico, lo que conllevó una amplia difusión de las infraestructuras vinculadas a  su manejo, destacando distintas formas arquitectónicas: zahurdas, zahurdones, chozas, chozos, corrales y parideras. Algunos ejemplos, los encontramos en los diversos chozos aún localizados en diferentes estados de conservación: “Navahermosa, El Terrero, Las Adelfas, San José, La Montesina, La Beloña, Segoviana Alta, Serrezuela Baja”; y otros ya desaparecidos: “La Dehesilla, Las Cuevas, El Almendro, Casa de La Dehesa, Huerta de la Rabiza”.


Choza de La Montesina.

Por otro lado, la estratégica situación de Fuente Obejuna, puente entre Andalucía y Extremadura, hizo que el fenómeno trashumante explotara sus abundantes recursos naturales (dehesas y pastos) para el ganado ovino desde tiempos muy remotos. Para el pastoreo, se construían toda una serie de tipologías de refugios y albergues: desde los pequeños chozos portátiles y demontables realizados con juncos o centeno, a “Chozas circulares mixtas” a base de zócalo de piedra y cubierta cónica vegetal, “Chozas mixtas a dos aguas”, “Chozos de piedra”, e incluso “Chozos de cúpula”. Se dan cita aquí, toda una serie  de técnicas tradicionales para su construcción: las fibras vegetales cosidas a torzal, la piedra seca, el tapial, el adobe, el ladrillo, falsa bóveda, cúpula semiesférica, etc.  


[1] BLÁZQUEZ MARTÍNEZ, J. M. (1981). Poblado de esclavos mineros en Fuenteobejuna. Revista de Arqueología 3. 7-12 pp.
[2] CABRONERO Y ROMERO, M. (1891). Resumen por ayuntamientos de todos los edificios y albergues. Fuente Obejuna (pag. 83).
[3] SÁNCHEZ ZURRO, D. (ed.) (1987). Pascual Madoz (1845-1850), dice: “constando de tres calles pequeñas e irregulares, varias casas esparcidas y algunas chozas” (pag.205).


lunes, 14 de noviembre de 2011

Una de cal y otra de arena.

           Acabo de llegar de una salida de campo por el noroeste de la provincia, concretamente por Fuente Obejuna. Aunque fuimos para que mi madre conociera la aldea donde nació mi abuelo en 1902, he tenido la oportunidad de constatar, que este tipo de arquitectura tradicional es cuestión de unos años mas, para que se pierda definitivamente. Hace ya casi veinte, fotografié de casualidad, una construcción que me llamó la atención, mientras buscábamos colonias de cernícalo primilla por esta comarca del Alto Guadiato; se trataba de un cortijo de planta circular en medio de un gran páramo. No le dí mucha importancia entonces, pero años después he descubierto que el edificio llamado “Chozo Redondo” fue un lagar con una singular estructura y técnica constructiva, donde vivieron hasta cuatro familias, según un informador. Quise volver a visitarla ahora y al encontrarla, comprobé lo que me imaginaba; sólo quedaban un montón de ruinas. Pudimos comprobar, no obstante, que su planta circular (de unos 10 m. de diámetro) estuvo conformada por dos muros concéntricos; el exterior, de tapial calzado sobre mampostería y el interior con zócalo de piedra y cúpula semiesférica de adobes; por cierto, la primera vez que veo esta forma de cúpula en Andalucía. En fin, una verdadera lastima. Pero cuidado, que este cortijo estaba ya inventariado desde hace tiempo por la Junta de Andalucía, apareciendo en su publicación “Cortijos, haciendas y lagares”, donde se indicaba su valor e idiosincrasia. Pero ya sabemos que pasa con estas cosas.

El "Chozo Redondo" en 1992.


Aspecto actual de la misma construcción.

              Mi pesimismo no es infundado, ya que precisamente ahora, va ha resultar mas difícil convencer a nuestra sociedad para que conserve e invierta en la restauración y puesta en valor de este patrimonio etnográfico. Queda una esperanza, no obstante; me consta que hay todavía personas repartidas por los lugares más insospechados con interés por conocer y recuperar nuestra cultura tradicional. Unos ejemplos me han dado el contrapunto; en la aldea de Ojuelos Bajos nos topamos con alguien, que en su huerto se ha construido una magnífica choza vegetal, a la contra de lo que se viene haciendo por todos lados, chalets y naves de un horrible gusto e impacto paisajístico.



Choza en un huerto de Ojuelos Bajos.

Igualmente, fui a saludar a mi amigo Chema de Piconcillo, persona muy interesada en la conservación del patrimonio histórico, minero y natural de su zona. Precisamente allí, se concentran algunos de los mejor conservados chozos  de la comarca, que el me ayuda a investigar.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Chozas de colonos.

Este fenómeno de edilicia, se dio con profusión a partir del siglo XVIII en toda el área de repoblación de Carlos III. Especialmente en los términos municipales de La Carlota y Fuente Palmera, entre otros de la Campiña Baja y La Vega. El proceso colonizador, propició una repartición de la propiedad y sobre todo unas tipologías arquitectónicas: las “casas y chozas de colonos”. Su organización territorial por departamentos, distribuye la población a lo largo de diversas aldeas y caseríos. Algunos informadores, probáblemente predecesores de estos colonos centroeuropeos, aportan abundantes detalles sobre tipologías, técnicas y formas de vida en estas chozas.


Chozas y casas en torno al campo de futbol de Los Algarbes, en 1965.
Cortesía del Archivo Municipal de La Carlota.

Juán Rodríguez Delgado “Caballito”, que ha trabajado de ganadero, pastor y agricultor,  relata: “nací en 1942 en una de las chozas, que mis abuelos hicieron en El Ochavillo, en una parcela del municipio de La Rambla pero que está entre los de Guadalcázar y La Carlota”. Efectívamente allí llegaron sus abuelos Rafael Rodríguez y Carmen Herruzo hacia 1917, viviendo los primeros años en chozos vegetales. Posteriormente, junto al cerro Baldío, se hicieron otras chozas de tapial. En 1959 se construyó una casa ya tejada, que coexistió con las “tapichozas” hasta 1980. Hoy, el Cortijo del Ochavillo y sus chozas ya han desaparecido.


Mi amigo Juán, del que tanto me queda por aprender.

Sus primeros chozos, eran ovalados con pies derechos de horcón y cubierta hasta el suelo, totalmente vegetales. Y las “tapichozas” con distintas dependencias y diferentes edificaciones; había una choza alargada como cocina, con dormitorio en un extremo separado por tabiques y cortinas;  otras eran para los cerdos, las ovejas y las cabras; vacas y mulos se cobijaban en una contigua a la cocina llamada “tinaón”.

Juán, aporta explicaciones realmente aclaradoras, en cuanto al procedimiento constructivo y los materiales utilizados. “Lo primero, los tapiales de entre 80 y 100 cms. de anchura, de tierra apisonada y cantos rodados, hechos con moldes de tablas y agujas, que luego se encalaban”. La estructura de las cubiertas, se hacían con pitones para formar las “cruces” a modo de pares, unidos en su vértice con puntas hechas de olivo o acebuche y ataduras de cuerda. Para que no se combaran, en su tercio superior, se atravesaba un “barconcillo” haciendo la función de un nudillo. En algunas ocasiones se aseguraba el empuje lateral de la armadura sobre los muros con una “tiranta” de palo o pitón, y el longitudinal con el sistema de “lima bordón”, que conformaba finalmente una cubierta de cuatro aguas alargada. Horizontalmente se ataban hileras de cañas a modo de “alfajías”. Para darle consistencia al alero, se hacía una “bardilla” de “corcoja”, la coscoja (Quercus coccifera), o varetas de olivo. Se techaba con rastrojo “ripiao” de trigo duro o “recio” de pajas de 60-80 cm. de altura. También con retama (Retama sphaerocarpa). Las “pañetas” o “pareas” de paja se ataban de abajo a arriba sobre las hileras de cañas. Se grapaban con horquillas de hinojo (Foeniculum vulgare). El “cumbrero” se remataba con estiércol apelmazado sobre la paja.


Otro testimonio oral de inestimable valor lo aporta Carmen Otero Hámez, que nació en 1928 en las chozas que su familia tenía en Los Algarbes (La Carlota), viviendo allí hasta 1945. Así dice: “había muchas familias que vivían repartidas en chozas en cada una de las parcelas”. Las suyas, se asentaban en la que poseía su padre, cuya forma de subsistencia fue variopinta; olivar propio, rebaño de cabras y vacas, corredor de ganado y “manijero”.


Carmen, incansable mujer que desborda siempre una gran simpatía.

Estas “tapichozas” de planta rectangular eran de tapial en sus paramentos, con cubierta a cuatro aguas de fibras vegetales. Las construcciones se organizaban en una pequeña agrupación, teniendo funciones específicas, es decir una de dormitorio familiar, otra como cocina comedor y una tercera donde vivían sus abuelos. Los animales (la burra y las cabras) disponían de un cobertizo de paja o “enrramada” dentro de un corral específico; sin embargo las gallinas y los pavos dormían a la intemperie.

Los dormitorios, de unos 6 x 3 m., estaban divididos en dos compartimentos mediante una cortina. Las camas eran plegables, de entramados de palos y paja de “escaña”, y los colchones rellenos de “farfollas”. El chozo de la cocina se organizaba en torno a un hogar hecho en el suelo, por lo que el humo salía por entre la paja de la cubierta, impregnándola de hollín. El suelo, primero fue terrizo apisonado e impermeabilizado con lechadas de tierra roja almagra; siendo empedrado con posterioridad. Tanto exterior como interiormente, los tapiales estaban escrupulosamente encalados, adornándose con plantas en macetas o arriates (geranios y jazmines).

Una peculiaridad en cuanto a los materiales, es la utilización de los grandes tallos florales de las pitas, llamados localmente “pitones”. Estos, extremadamente ligeros, son muy resistentes a pesar de ser huecos, así se empleaban como armadura para construir la cubierta. Como material tapizante se utilizaba la paja de rastrojo, especialmente la de trigo, a pesar de disponer también de escaña y centeno. El caballete había que arreglarlo cada año apelmazando paja mezclada con estiércol. Las personas encargadas de este mantenimiento eran su padre y su abuelo.

Estas construcciones provienen como mínimo, de dos generaciones atrás a la de Carmen. Así, todos sus ancestros conocidos eran de este departamento. Sabemos que se mantuvieron en uso al menos entre 1870 y 1987 aproximadamente. Hacia la década de los setenta del siglo XX se abandonaron como vivienda porque se construyó una casa nueva ya tejada, pero se mantuvieron en uso ya con otras funciones, desapareciendo unos veinte años después.

          Otro informador, Antonio Luna, comenta que eran muy frecuentes por todo el departamento de las Provincias y las Pinedas, la existencia de chozas de tapial, chozos de pitones a dos aguas para resguardarse durante el trabajo de verano en las huertas y melonares; así como “enrramadas” para cobijo del ganado. Igualmente comenta, la existencia de alguna persona en la aldea especializada en techar con paja, tanto chozas como “almiares”.


jueves, 10 de noviembre de 2011

Trabajo de campo.

Esta investigación se viene desarrollando de manera personal, desde hace ya tiempo, siendo diversas motivaciones  las que me condujeron a afrontar esta temática, que no entra dentro de mi dedicación profesional. El estudio fue financiado parcialmente por la Comisión Andaluza de Etnografía de la Consejería de Cultura (Junta de Andalucía), dentro de la convocatoria de “subvenciones para la realización de actividades etnográficas” (Resolución de 20 de mayo de 2009, BOJA 18.05.2009). Durante el año 2010, con este apoyo institucional, se avanzó sustancialmente el trabajo de campo, pero aún queda mucho por hacer.

El planteamiento del trabajo inicial, se organizó mediante la recopilación de todo el material bibliográfico y documental relacionado con el tema, principalmente a nivel provincial, aunque también andaluz e ibérico. Toda esta fase, viene desarrollándose más o menos intensamente desde hace cuatro años. Durante todo este tiempo, se han rastreado artículos y publicaciones que trataran específicamente sobre arquitectura tradicional y etnografía. Se han recogido fotografías, dibujos, descripciones y relatos escritos sobre distintos aspectos vinculados con la vida en los chozas. También se ha realizado una búsqueda de topónimos en las distintas cartografías y planos de la provincia de Córdoba. Igualmente, se entrevistaron a personas vinculadas con ellos, que contaron como se hacían, como se vivía y un sinfín de anécdotas de sus propias experiencias personales. De igual manera, se contactó con asociaciones y entidades que tuvieran interés por el tema o estuviesen trabajando en proyectos de conservación y recuperación de este patrimonio cultural.


Tomando datos de una choza en Torrecampo. 

Se ha planteado una metodología basada en la localización sobre el terreno de las construcciones previamente documentadas. Se buscan indicios, tomando fotografías, medidas y detalles sobre sus características. Se alzan croquis para posteriormente, poder realizar planos detallados de cada uno. También, se tiene en cuenta  su localización, ubicación en el medio, toponimia y orientación. 

           La presentación de los datos se organiza por comarcas y subcomarcas, en este caso biogeográficas y con ciertos matices también históricos. De esta manera se definen como: Sierra Morena (Los Pedroches, Alto Guadiato y La Sierra), Depresión del Guadalquivir (La Vega, Las Colonias y Campiña Baja) y Sistema Bético (Campiña Alta y Subbéticas). Esta división ha sido utilizada  frecuentemente en diversos trabajos sobre arquitectura popular, y representa una visión mas aproximada sobre las influencias naturales, históricas y culturales que repercuten esta faceta de la etnografía.


Los colaboradores Fernando Díaz y Paco Buenestado en una choza de El Viso.
          Son multitud las personas y entidades que han colaborado en este estudio, sin cuyo apoyo moral y logístico, hubiera sido imposible abordarlo. Unas me asesoraron a nivel general, otras me informaron de posibles localizaciones,  incluso otras me acompañaron en las salidas al campo; todas mostraron gran entusiasmo por este proyecto personal. A todas ellas mi sincero agradecimiento.